26/03/2026

Vértigo

Autores
  • Aldo Mascareño

    Investigador C22

Vértigo

El vértigo que ello produce inquieta y angustia, pero también captura y fascina. Justamente por eso genera adhesiones positivas y negativas que rehúyen caer en la indiferencia. El vértigo ordena percepciones, alinea a favor y en contra, sin que esa alineación sea necesariamente doctrinaria o necesariamente política.

Vértigo no es solo temor a la caída; es también dejarse seducir por ella. Como lo mostró Hitchcock en su famosa película, se trata de una atracción por el límite que, a la vez, presenta el riesgo del abismo. ¿Se podría caer y no morir? Hay que lanzarse para saberlo. Esa experiencia de salto a lo desconocido, de exploración política de alternativas inéditas, es la que parece predominar en las primeras tres semanas del nuevo gobierno.

No es una “estrategia comunicacional”. Esa es una interpretación demasiado limitada. Se trata de una decisión. El gobierno no se define por la política clásica de orientación al consenso, sino por una forma de actuar que busca capitalizar políticamente el vértigo. No se deja impresionar por la ONU, simplemente no apoya a Bachelet; no selecciona inmigrantes, construye una zanja; no escala el alza de la bencina, la sube de una vez.

Su instalación no descansa en la popularidad de las medidas que toma, sino en la decisión de enfrentar el riesgo y romper con un estilo que se considera agotado. Lo que importa no es el rechazo que tales medidas generen, o que quiebren el consenso de lo políticamente correcto o razonable. Lo importante es que, precisamente por disruptivas, esas decisiones se vuelven magnéticamente atractivas.

Con bajo crecimiento por más de una década, problemas migratorios persistentes, crimen organizado desplegado y alta inestabilidad internacional, el mero ejercicio de la decisión se transforma en un recurso que genera control, o la apariencia de él. Como contrapartida, la moderación deja de tener rendimientos simbólicos que puedan rentabilizarse políticamente.

Lo que antes se valoraba como prudencia, hoy es dilación; lo que antes era exceso, ahora se vuelve esperable, no porque agrade, sino porque sorprende.

En ese contexto, medidas impopulares funcionan como apelación a la autenticidad. “Mi empatía nace de la verdad”, sostuvo el ministro Quiroz. “Siempre vamos a hablar con la verdad”, dijo el presidente. Y como no hay necesidad de conversar sobre lo prudente después de la verdad, entonces solo queda espacio para actuar, para la exploración del límite.

El vértigo que ello produce inquieta y angustia, pero también captura y fascina. Justamente por eso genera adhesiones positivas y negativas que rehúyen caer en la indiferencia. El vértigo ordena percepciones, alinea a favor y en contra, sin que esa alineación sea necesariamente doctrinaria o necesariamente política.

Gracias a esto, se reproduce una tensión permanente en la opinión pública nacional que pone a todos en alerta sobre el próximo paso del gobierno: “¿y ahora qué?”.

Esta puede ser la característica más distintiva de un “gobierno de emergencia”: la inquietante fascinación por el borde, la atractiva seducción del abismo; no para esperar que las soluciones fluyan, sino para extraerlas desde el vértigo.
Autores
  • Aldo Mascareño

    Investigador C22