Los tres tercios de derecha pueden escenificar su antagonismo en debates y declaraciones cruzadas, pero son funcionalmente complementarios. Por ello, quien pase a segunda vuelta, requiere de los demás.
Seguramente será Kast, consistente e impertérrito a lo largo de su caminata electoral. Puede ser Matthei, con la legitimidad de haber sido derecha tradicional en la hegemonía concertacionista y activa participante de gobiernos de derecha moderna. Tributando de la novedad, incluso puede ser Kaiser, quien ha ocupado con convicción los mundos inexplorados del votante indiferente —indeciso, obligado, oculto, o como se le llame. Como sea, la gran ganadora de este proceso electoral es la derecha.
Ganadora no solo porque en la suma obtendrá más preferencias, o porque esté cerca de la presidencia, sino porque —como diría un evolucionista— ha multiplicado su alcance y diversidad funcional. Es decir, no solo tiene plumajes con colores distintos, sino que su fragmentación en tres tercios puede ser la base de su unidad.
Un tercio es Kast y su entorno, identificados con el dualismo más propio de la derecha chilena del último medio siglo: la articulación de conservatismo valórico doctrinario (es decir, fundado) con una idea de bienestar económico de base individual y familiar. Es cierto que su propuesta actual es acotada: un “gobierno de emergencia”, pero su horizonte funcional es la “restauración” de los cimientos resquebrajados desde el estallido.
Otro tercio es Matthei y su entorno. Este tercio administra el legado de ocho años de gestión eficiente de gobiernos cada vez más sensibles políticamente, desde la unión civil al matrimonio igualitario, pasando por los cómplices pasivos y la PGU.
La función de esta derecha es construir “alianzas”, por ejemplo, con la centroizquierda en escenarios electorales y legislativos, con múltiples equipos técnicos de expertis diversa en la administración del Estado, con el mundo empresarial y financiero en materias de producción y crecimiento. Este tercio es especialista en tender esos puentes.
El tercer tercio es Kaiser y su entorno. Por un lado, permite el desborde de derecha, legitima la sinceridad extrema desplazándola a un margen no marginal. Hace posible llamar ideología al género, transformar los derechos humanos en lastre histórico, reivindicar la agresividad como lenguaje político.
Por otro lado, es quien mayormente ha movido los índices de indiferencia política. Su función es crear un horizonte de certezas carismáticas para atraer a aquellos inmovilizados por el temor a la delincuencia, por fracasos laborales, o decepcionados por las instituciones. Kaiser los atrapa, los acoge con seguridades nacionales, culturales o actitudinales.
Los tres tercios de derecha pueden escenificar su antagonismo en debates y declaraciones cruzadas, pero son funcionalmente complementarios. Por ello, quien pase a segunda vuelta, requiere de los demás. La pregunta es si, como unidad, la derecha logrará valorar la diversidad funcional que ahora tiene en sus manos; o más importante aún, si querrá reconocerla como su verdadero triunfo.