Ante un escenario de cambio climático en el que la reducción del uso de los combustibles fósiles es urgente, la actual crisis de Medio Oriente puede ser una oportunidad.
Las consecuencias del alza de la bencina y el petróleo son diversas y de distinta índole, aunque la más inmediata es el aumento del costo del viaje para quienes se movilizan en automóvil. El cambio de conducta no demorará en ocurrir y se espera que más personas opten por usar el transporte público debido al alza.
Sin embargo, esta alternativa se ha visto dificultada en varias regiones del país tras una fuerte alza de los pasajes de bus. Según la Asociación de Buses Interurbanos de Chile, el alza fue de un 21% (con proyecciones del 30% para Semana Santa), mientras que en regiones el transporte local subió hasta un 40%. En tanto, para la Región Metropolitana el Gobierno anunció que no aumentará el precio del transporte público hasta diciembre.
Este escenario de inestabilidad no es nuevo. De hecho, se asemeja a la crisis de los años 70, cuando Estados Unidos y Países Bajos fueron los países más afectados tras sufrir un embargo total de la OPEP por haber apoyado a Israel en la guerra de Yom Kipur.
Ante la escasez de combustible, ambos países reaccionaron de manera muy diferente. En Estados Unidos se popularizaron vehículos importados más eficientes y se redujo la velocidad de conducción para ahorrar combustible.
En contraste con esta solución tecnológica que mantenía el transporte automotriz, en Países Bajos la crisis del petróleo se sumó a una demanda social ya existente, la de reducir el tráfico en las calles para impedir que el número de muertos en accidentes vehiculares siguiera aumentando.
En 1970, tras la muerte de 400 niños en siniestros viales, crecieron las protestas ciudadanas exigiendo calles libres de tráfico y espacio para medios alternativos. Allí, la gran protagonista fue la bicicleta.
A diferencia de Europa, en Chile, la demanda por ciclovías está lejos de ser masiva. Solo un 3% de los viajes totales en el país se realizan en ese medio. Mientras en regiones solo el 2% de los viajes son en bicicleta, en Santiago la cifra alcanza el 7,8% gracias a la inversión en infraestructura y sistemas de transporte intermodal con estaciones de Metro y Red.
Con todo esto sobre la mesa, ante un escenario de cambio climático en el que la reducción del uso de los combustibles fósiles es urgente, la actual crisis de Medio Oriente puede ser una oportunidad para promover la movilidad activa, la que no solo contribuye a conservar el medio ambiente, sino que es central para la salud de las personas.
Educar sobre la importancia de la movilidad activa y las implicancias para el espacio público, la convivencia ciudadana y la seguridad de ciudades con menos autos es clave para construir una demanda ciudadana por priorizar la inversión en ciclovías bien diseñadas, inclusivas y seguras.
La actual necesidad económica para cambiar el auto y subir a una bicicleta puede servir de empujón para despertar un cambio necesario en ciudades cada vez más inmóviles por los tacos y contaminadas por gases tóxicos.